En medio de una Fiesta Nacional del Chamamé atravesada por tensiones, reclamos y contradicciones, Coquimarola, heredero del legado del “Taita” Mario del Tránsito Cocomarola, alzó la voz y expuso una crítica que incomodó a la organización: la pérdida de identidad del evento por la incorporación de géneros ajenos al chamamé y decisiones guiadas más por el marketing que por la cultura.
Tras su presentación, el músico fue contundente al cuestionar el rumbo que tomó el escenario mayor. Advirtió que si se continúa mezclando sin criterio, la celebración dejará de representar al chamamé. “No debemos desvirtuar la esencia de la fiesta, si no, debería llamarse Festival del Taragüí y ahí sí agregar todos los géneros”, lanzó, marcando un límite claro.
Coquimarola también apuntó a la doble vara con la que se trata al chamamé en otros festivales nacionales. Recordó que cuando un grupo chamamecero se presenta en Cosquín o Jesús María suele quedar relegado, mientras que en Corrientes se permite cualquier estilo sin exigir respeto por la identidad litoraleña. Para el músico, esa contradicción expone una falta de coherencia cultural.
Uno de los cuestionamientos más fuertes estuvo dirigido al contenido musical de los artistas invitados. “No podemos escuchar música mexicana en tiempo de chamamé”, afirmó, subrayando que existen más de 10.000 obras registradas en SADAIC que podrían nutrir la grilla sin recurrir a ritmos ajenos. En ese punto, fue directo al señalar que muchas de estas decisiones responden a intereses comerciales: “Estamos llenos de historia y cosas maravillosas, pero el marketing a veces manda”.
Lejos de plantear un cierre arbitrario, el músico aclaró que su postura apunta a ordenar y encaminar la Fiesta. Insistió en la necesidad de cuidar el patrimonio cultural y no dejarlo librado al azar. Valoró que artistas de otros géneros se acerquen al chamamé, pero reclamó reciprocidad y respeto: que esa música luego sea llevada a otros escenarios del país.
Mientras se debatía la identidad del evento, otras situaciones dejaron expuestas las falencias organizativas. Las Hermanas Vera se llevaron una ovación por representar, sin concesiones, la esencia más pura del chamamé, confirmando que el género no necesita experimentos para emocionar al público.
En contraste, el martes 20 de enero se vivió una escena insólita cuando Chango Spasiuk debió esperar más de media hora fuera del Anfiteatro Cocomarola para poder ingresar como espectador, por demoras en su acreditación. Una postal incómoda para uno de los máximos referentes del género.
A esto se suman los reclamos de artistas locales que aún no cobraron sus cachets, mientras figuras ajenas al chamamé ya percibieron sus pagos. El malestar crece entre músicos correntinos que sostienen la fiesta con identidad guaraní, pero siguen postergados por la organización.
También la prensa fue blanco de críticas. Restricciones horarias, mala conectividad y desatención logística complicaron la cobertura periodística. Radios y streamers denunciaron fallos constantes de internet y problemas de acceso al predio, afectando la difusión de un evento que presume proyección nacional.
En ese contexto, las palabras de Coquimarola resonaron como una advertencia: el chamamé puede sostenerse solo, pero la Fiesta Nacional necesita decisiones claras si no quiere perder aquello que la hizo grande.
