Tras la captura de Nicolás Maduro, el poder en Venezuela quedó en manos de Delcy Rodríguez, una de las figuras más influyentes del chavismo, quien encabeza de manera inicial el proceso de reorganización institucional del país. Su llegada al mando es seguida de cerca por la comunidad internacional, que monitorea sus primeras decisiones y señales tanto hacia el interior como hacia el exterior.
Rodríguez, de 56 años y abogada de formación, construyó su carrera política desde el núcleo duro del chavismo. Hija de un militante marxista y con estudios en Francia y el Reino Unido, comenzó a ganar protagonismo tras la llegada de Maduro al poder en 2013. Desde entonces ocupó cargos clave como ministra de Comunicación, canciller y vicepresidenta, convirtiéndose en una de las funcionarias con mayor conocimiento de los resortes del Estado.
Su trayectoria le permitió consolidar una fuerte ascendencia sobre los altos mandos militares, un factor central en el escenario actual. De hecho, el respaldo de la cúpula de las Fuerzas Armadas fue determinante para que asumiera el mando tras la salida forzada de Maduro.
En los últimos años, Rodríguez combinó la defensa del ideario chavista con intentos de diálogo con sectores económicos, en un contexto marcado por la crisis estructural del país. Como ministra de Economía, buscó contactos con empresarios locales e inversores extranjeros, en un intento por aliviar el colapso productivo y financiero.
Desde Estados Unidos, el presidente Donald Trump aseguró que la dirigente chavista mostró disposición a cooperar con una transición ordenada, aunque advirtió que Washington evaluará sus acciones concretas. En la misma línea, el secretario de Estado Marco Rubio afirmó que su gobierno trabajará con las actuales autoridades venezolanas “si toman las decisiones adecuadas”.
Rodríguez enfrenta una disyuntiva compleja: resistir la presión internacional o avanzar en acuerdos que permitan encauzar una salida institucional a la crisis. Su margen de maniobra dependerá de su capacidad para mantener la cohesión interna del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y sostener el apoyo militar, en un contexto donde su liderazgo no es absoluto.
La dirigente continúa bajo sanciones de Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea por su rol en la represión del régimen, lo que suma incertidumbre al escenario. Al mismo tiempo, hereda un país devastado: desde 2013, la economía venezolana se contrajo cerca de un 80% y más de ocho millones de personas emigraron.
Mientras se abre esta nueva etapa, Delcy Rodríguez se consolida como la figura central de la transición inicial, con el futuro político, social y económico de Venezuela atado a sus próximas decisiones.
