El conflicto entre Javier Milei y Claudio “Chiqui” Tapia escaló al máximo, pero en las últimas horas fuentes del propio Ejecutivo dejaron trascender un dato contundente: no habrá intervención de la AFA.
No porque falten ganas, sino porque el Gobierno sabe que no tiene cómo ganar esa batalla.
En Casa Rosada reconocen que avanzar sobre una asociación civil como la AFA es casi imposible. Tapia controla a la mayoría de los socios —los presidentes de los clubes— y esa estructura interna le da un blindaje institucional que ni el mileísmo está dispuesto a enfrentar de manera directa.
Aun así, el oficialismo encontró un botín político: capitalizar el hartazgo social contra Tapia, su mala imagen y su histórico vínculo con el peronismo. Y lo está explotando sin pudor.
La estrategia arrancó con Javier Milei, que aprovechó el escándalo entre Tapia y Estudiantes por la copa entregada a Rosario Central. El Presidente posó con tres camisetas distintas del Pincha, incluso en su reunión más relevante de la semana con el canciller israelí, Gideon Saar. Un mensaje clarísimo: está con Verón y contra Tapia.
Pero el ataque es coordinado. Patricia Bullrich, ya descontando su desembarco en el Senado, anunció que investigará las supuestas “irregularidades” de la AFA desde el Congreso. En paralelo, se esperan movimientos del Banco Central y de la DGI, que ya observan las finanzas y declaraciones de la entidad con lupa.
Lo que el Gobierno no quiere de ninguna manera es repetir la foto del año pasado: Tapia acompañado por Karina Milei y Manuel Adorni.
Nada de eso volverá a ocurrir.
Tan marcada es la distancia que Milei decidió no viajar a Washington para el sorteo del Mundial 2026. No quiere cruzarse con Tapia, pero tampoco exponerse a rechazar una foto con Lionel Messi solo para evitarlo. La solución fue drástica: no ir.
En Olivos dan por sentado que, aunque no haya intervención, la ofensiva contra Tapia seguirá por todos los flancos posibles. La guerra está declarada… solo cambió la estrategia.
