La 15ª edición del Taragüí Rock, el festival más emblemático del litoral, terminó siendo un verdadero papelón. Sin bandas de renombre, sin público y con una organización deslucida, el evento que alguna vez puso a Corrientes en el mapa nacional del rock pasó este año “sin pena ni gloria”.
Lejos del espíritu que caracterizó a sus mejores tiempos, el festival tuvo una grilla compuesta en su mayoría por artistas poco conocidos y una convocatoria que no superó las mil personas en ambas jornadas. Desde el propio Instituto de Cultura —organizador del encuentro— se tomó la insólita decisión de pedirle a Emmanuel Horvilleur, Baltasar Comotto y Kachiporros que no se presentaran, bajo el pretexto de las “condiciones climáticas”.
“Estábamos listos para viajar, pero desde la organización nos pidieron reprogramar la actuación. Según dijeron, por el mal tiempo”, explicó a época Germán Lesme, manager de Kachiporros. La banda paraguaya, que debía cerrar el festival, no ocultó su decepción: “Fue un bajón, teníamos muchas expectativas de volver a Corrientes”.
La explicación del mal tiempo no convenció a nadie: el cielo se mantuvo despejado durante buena parte del fin de semana y, para muchos, la suspensión encubrió una desorganización generalizada y falta de previsión.
El público, habitualmente fiel al Taragüí, esta vez le dio la espalda. El escaso marco de asistentes fue un reflejo del desinterés que generó una edición improvisada, sin promoción ni figuras atractivas.
Aunque hubo presentaciones locales destacadas —como las de Ceci Mutio, Rodrigo Gortari y las Aves Noctámbulas, y Pelo Blues—, el festival perdió su esencia: ya no es una vidriera nacional, sino un evento que se sostiene por inercia.
En años anteriores, el Taragüí Rock fue sinónimo de calidad, con artistas como Las Pelotas, Ciro y Los Persas, Eruca Sativa o Guasones. Hoy, el “Gigante del NEA” se achicó tanto que parece haber quedado reducido a un simple recital barrial.
