En una entrevista radial, el gobernador Gustavo Valdés dejó entrever —con insólita naturalidad— que su hermano, el actual intendente de Ituzaingó, Juan Pablo Valdés, podría ser candidato a gobernador. “Es un posible candidato porque mide, no porque es mi hermano”, dijo. Pero en una provincia donde el apellido importa más que la gestión, la frase suena más a excusa que a criterio político.
Valdés intenta disimular lo que cada vez es más evidente: el armado electoral de Vamos Corrientes gira más en torno a su núcleo familiar que a un verdadero proyecto provincial. ¿Acaso no hay más figuras con mérito propio en el oficialismo? ¿O la única condición para “medir” es compartir la sangre del actual mandatario?
Mientras la provincia arrastra problemas estructurales —obras nacionales paralizadas, hospitales sin terminar, caminos destruidos e inundaciones en el sur— el oficialismo se dedica a calcular encuestas dentro del árbol genealógico.
El mensaje es claro: para Valdés, la continuidad no se construye con ideas nuevas ni con equipos, sino con apellidos. Y eso pone en duda no sólo la transparencia del proceso electoral que se avecina, sino la salud institucional de una provincia que parece quedar atrapada entre el personalismo y el oportunismo.
