El reciente furor por las imágenes con estilo Studio Ghibli, generadas por Inteligencia Artificial, dejó al descubierto una preocupante realidad: el alto consumo de agua necesario para el enfriamiento de los servidores que procesan estas solicitudes. Se estima que en pocos días se utilizaron 200 millones de litros de agua, lo que encendió el debate sobre el impacto ambiental de la IA.
Expertos como Emmanuel Iarussi, investigador del CONICET, advierten que aún no existen mecanismos para medir con precisión este consumo. “Estos modelos deberían tener la obligación de informar cuánta agua utilizan en cada consulta, como ocurre con las emisiones de carbono en los vuelos”, sostuvo.
A su vez, Fernando Schapachnik, director de la Fundación Manuel Sadosky, remarcó: «Seguimos temiendo que las máquinas tomen el control, pero el verdadero riesgo lo corre el ambiente». Mientras, OpenAI tuvo que limitar el acceso a la herramienta y su CEO, Sam Altman, reconoció que la demanda estaba superando la capacidad de los servidores.
Más allá del agua utilizada para enfriar los servidores, el impacto de la IA también involucra el consumo energético y la producción de hardware. Según estimaciones de la Fundación Sadosky, el funcionamiento de ChatGPT durante un año equivale al consumo eléctrico de 60 mil familias argentinas.
“El costo energético y ambiental de la IA plantea el peor escenario: para jugar, gastamos recursos no renovables”, concluyó Schapachnik, advirtiendo que la tecnología no deja deudas invisibles.
